
—Daniel —Cam le interrumpió—. Lo único que importa ahora es luchar.
Un pesado golpeteo dio un vuelco a través de la casa. Cam y Daniel se movieron instintivamente hacia la parte delantera, rumbo a la puerta, pero Luce negó con la cabeza. —La puerta de atrás —susurró—. A través de la cocina.
Todos ellos se detuvieron un momento y escucharon el crujido de la puerta trasera. Luego vino un largo y penetrante grito.
—¡Callie! —Luce echó a correr por la sala, temblando al imaginar el escenario al que se enfrentaba su mejor amiga. Si Luce hubiera sabido que los desterrados se presentarían, no habría dejado venir a Callie. Ella nunca debería haber venido a casa en lo absoluto. Si algo malo le pasaba, Luce nunca se perdonaría.
Atravesando la puerta de la cocina de sus padres, Luce vio a Callie, escudada tras Gabbe en el estrecho marco. Ella estaba a salvo, al menos por ahora. Luce suspiró, casi colapsando de espaldas en la pared muscular que Daniel, Cam, Miles, y Roland habían formado detrás de ella.
Arriane estaba en la puerta, con un martillo de carnicero gigante levantado en sus manos. Ella parecía a punto de golpear a alguien que Luce no podía ver todavía.
—Buenas noches —dijo la voz de un chico, rígida con la formalidad.
Cuando Arriane bajó el martillo de carnicero, allí en la puerta había un muchacho alto y delgado atrincherado en un abrigo café. Estaba muy pálido, con un rostro estrecho y una nariz fuerte. Él resultaba familiar. Tenía el pelo teñido de rubio. Ojos blancos.
Un Desterrado.
Pero Luce lo había visto en otro lugar antes.
—¿Phil? —Gritó Shelby—. ¿Qué diablos estás haciendo aquí? ¿Y qué pasó con tus ojos? Están todos…
Daniel volvió sobre Shelby. —¿Sabes que él es un Desterrado?
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—¿Desterrado? —La voz de Shelby tembló—. Él no es uno… él es mi penosamente idiota ex novio.
—Ha estado usándote —dijo Roland, como si supiera algo que el resto de ellos no sabía—. Debería haberlo sabido. En caso de haberlo reconocido por lo que era.
—Pero no lo hiciste — dijo el desterrado, su voz extrañamente tranquila. Metió la mano dentro de su abrigo, y de un bolsillo interior sacó un arco de plata. De su otro bolsillo vino una flecha de plata, que él golpeó rápidamente. Señalando a Roland, a continuación recorrió la multitud, buscando en cada uno de ellos—. Por favor, perdonen mi interrupción. He venido a buscar a Lucinda.
Daniel dio un paso hacia el desterrado. —No vas a buscar a nadie ni a nada —dijo—, con excepción de una muerte rápida, a menos que salgas ahora mismo.
—Perdón, pero no, no puedo hacer eso —respondió el chico, con los musculosos brazos sin soltar la tensa flecha de plata—. Hemos tenido tiempo para prepararnos para esta noche de la restitución bendecida. No vamos a irnos con las manos vacías.
—¿Cómo pudiste, Phil? —gimió Shelby, volviéndose a Luce—. Yo no sabía... honestamente, Luce, no lo sabía. Sólo pensé que era un desgraciado.
Los labios del chico se acurrucaron en una sonrisa. Sus ojos horribles, sin fondo, eran directamente de una pesadilla. —Me la dan sin una pelea, o ninguno de ustedes va a ser salvado.
Luego Cam estalló en una carcajada larga, riendo profundamente. Sacudió la cocina e hizo que el muchacho en la puerta se contrajera, incómodo.
—¿Tú y cuál ejército? —Dijo Cam—. Sabes, creo que eres el primer desterrado con sentido del humor que he conocido. —Él miró alrededor de la cocina—. ¿Por qué no lo haces y aprovecho para sacarte fuera? Acaba de una vez, ¿de acuerdo?
—Con mucho gusto —respondió el chico, con una sonrisa plana en sus labios pálidos.
Cam puso los hombros hacia atrás, como si estuviera trabajando en un nudo, y allí, justo en sus hombros, un enorme par de alas de oro atravesó su suéter gris de cachemira. Ellas se desplegaron detrás de él, ocupando la mayor parte de la cocina. Las alas de Cam eran tan brillantes que casi te dejaban ciego.
—¡Santo infierno! —Callie susurró, parpadeando.
—Más o menos —dijo Arriane mientras Cam arqueaba sus alas hacia atrás y chocaba más allá del chico marginado, atravesando la puerta y saliendo al patio trasero—. Luce te lo explicará, ¡estoy segura!
Las alas de Roland se desplegaron con un sonido como el de una parvada de aves tomando vuelo. La luz de la lámpara en la cocina destacó su oro oscuro y negro jaspeado cuando salió por la puerta detrás de Cam. Molly y Arriane fueron detrás de él, empalmándose la una en la otra, mientras las iridiscentes alas de Arriane
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Molly, devolviendo lo que se parecía un poco a las chispas eléctricas empujando hacia la puerta. A continuación fue Gabbe, cuyas suaves alas blancas se difuminaban abiertas con la gracia de una mariposa, pero con tal velocidad que enviaba una ráfaga de viento con olor a flores a través de la cocina.
Daniel tomó las manos de Luce en las suyas. Cerró los ojos, inhalando, y dejó que se desplegaran sus enormes alas blancas. Completamente extendidas, habrían llenado toda la cocina, pero Daniel las contrajo, junto a su cuerpo, que brillaba y brillaba y parecía por completo demasiado hermoso. Luce extendió la mano y las tocó con ambas manos. Cálido satén liso en el exterior, pero por dentro, lleno de energía. Ella podía sentir que corría a través de Daniel, en su interior. Se sentía tan cerca de él, entendiéndolo por completo. Como si se hubieran convertido en uno.
La sueva voz de él pareció hablar en su mente: “No te preocupes. Todo va a estar bien. Siempre voy a cuidar de ti”. Pero lo que dijo en voz alta fue: —Mantente a salvo. Quédate aquí.
—No —declaró ella—. Daniel…
—Yo volveré. —Luego arqueó sus alas hacia atrás y voló hacia la puerta.
A solas en el interior, los no ángeles estaban reunidos. Miles estaba presionado contra la puerta de atrás, por la ventana abierta. Shelby tenía la cabeza entre las manos. La cara de Callie se veía tan blanca como si estuviera congelada.
Luce deslizó una mano en Callie. —Creo que tengo algunas cosas que explicar.
—¿Quién es ese chico con el arco y la flecha? —Callie susurró, inmutándose pero cuidando mucho de la mano de Luce—. ¿Quién eres tú?
—¿Yo? Yo sólo soy... yo. —Luce se encogió de hombros, sintiendo un escalofrío propagándose a través de ella—. No lo sé.
—Luce —dijo Shelby, claramente tratando de no llorar—. Me siento como una tonta. Te juro que no tenía ni idea. Las cosas que le dije, yo estaba ventilándolo. Siempre estaba preguntando por ti, y él era un buen oyente, pero lo que yo... quiero decir, es que no tenía ni idea de lo que era en realidad... yo nunca, nunca…
—Te creo —dijo Luce. Se trasladó a la ventana, junto a Miles, que daba a la pequeña cubierta de madera que su padre había construido hace unos años—. ¿Qué crees que quiere él?
En el patio, las hojas caídas del roble habían sido rastrilladas y ordenadas en pilas. El aire olía a hoguera. En alguna parte, en la distancia, una sirena estaba sonando. A los pies de tres pasos de la cubierta, Daniel, Cam, Arriane, Roland, y Gabbe estaban uno al lado del otro, frente a la valla.
No, no era la valla, se dio cuenta Luce. Se enfrentaban a una multitud oscura de Desterrados, en posición de firmes con sus flechas de plata destinadas a la fila de los ángeles. El chico desterrado no estaba solo. Había acumulado un ejército.
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